14 May

 

Estamos en la era del pluralismo global. En todas partes, y Europa parece superar al resto del mundo en ello, el lenguaje lo promueve indiscriminadamente y propone la “convivencia” hasta de lo que por naturaleza y lógica no puede convivir. Indiscriminado, sí,  porque confundiendo la noción de respeto a la igualdad humana y las ventajas de la diversidad étnica, lingüística, culinaria etc. con una posición que no discierne el bien y el mal, se aceptan toda clase de posturas y visiones de la vida absolutamente incompatibles con la libertad que se pretende defender. Una perspectiva basada en opiniones personales sin fundamento serio, una visión superficial que no llega a avizorar las consecuencias de adoptar cualquier idea en el largo plazo.  Que las  ideas tienen consecuencias es algo que se olvida fácilmente cuando hemos declinado la responsabilidad de luchar por justicia a favor de un Estado que debe suplirla, aún cuando el costo, a la larga, es mucho mayor: Ya no somos administradores libres y conscientes de nuestro patrimonio, y por ello, es de esperar que sea destinado a financiar precisamente la construcción de lo que no queremos.

 

Hay en estos días muchas instancias y eventos promoviendo esa pluralidad,  y menciono para ilustrar la situación, algunas cosas que se hicieron y  se dijeron en un evento sobre “convivencia religiosa” en este mes de Mayo  en la ciudad de San Sebastián

 

  • La mesa de ponentes estuvo conformada por personas sin serios estudios ni investigaciones en el tema, y en roles, por lo mucho, técnicos, no filosóficos, ni ideológicos, ni siquiera sociológicos, estando representada en la mesa sólo una confesión, por lo tanto no se trataba de un foro sino de un monólogo, de alguien exigiendo tener, como extranjero, lo que en las naciones de origen de esa confesión no se permitiría: Libertad e igualdad de culto

 

  • En el evento se consideró a las confesiones sólo como puertas al misticismo. Propuestas para la convivencia incluyeron la creación de espacio arquitectónico pensado para que todos confluyan para “meditar”; ninguna referencia a los principios de las mismas ni consecuencias reales para la sociedad fue mencionado

 

  • Personas de renombre quienes han trabajado en aclarar los roles de las religiones en las civilizaciones –Samuel Huntington, Giovanni Sartori, entre otros- han sido calificadas de incitadores al choque. La racionalidad con que hayan sustentado sus tesis fue totalmente obviada. No se trata entonces de sustentar la verdad, sólo de defender posiciones personales. En este tiempo, quien tiene más pasión gana, no quien sea razonable.

¿Qué va a tomar el que nos decidamos a detener el avance de la mentira a la puerta de nuestras casas, en nuestros vecindarios y en nuestras instituciones? Por un lado, la ausencia de cristianos quienes levanten su voz para declarar la verdad sugiere una falta de argumentos para defenderla, es decir, haber abrazado con convicción que las religiones tienen contenidos, que esos contenidos forman culturas mejores o peores para el ser humano; es una perspectiva la cual demanda conocer a profundidad la revelación de Dios a las naciones[1], y que no nos conformemos con un mensaje de salvación de almas, animista. Pero hay algo más, consecuencia de esa revelación espiritual y profunda.  En la Biblia Dios dice a Josué que para tomar la tierra, deberá ser valiente.  No sólo valiente sino muy valiente[2].  Es decir, para impactar a una sociedad y hacerla seguidora de Jesucristo, los creyentes debemos la clase de convicción que no sólo genere pasión sino que haga de cada uno un baluarte capaz de enfrentar lo “políticamente correcto” y aceptar que probablemente no nos hagamos muy populares ni poderosos diciendo las cosas sin disfrazar el evangelio y pretendiendo que nuestros valores son simples principios humanistas, que lo que proponemos a estas alturas parece imposible a los propulsores del Estado elefantiásico, y que ello no contará como costo porque lo único que realmente importa es que la Verdad no tiene reemplazo. Para el ser humano y las sociedades no hay plan B. El único plan viable es el de su Creador y ese es  nuestro estandarte a levantar, el hecho de que el Cristianismo es cierto aunque no lo creamos[3]. Si hacemos concesiones y comprometemos  la verdad por temor humano, estamos eliminando de hecho la posibilidad de que la vida misma tenga sentido real y que podamos ver el Reino de los Cielos aquí y ahora.[4]

 

Ana Roncal V.

 

[1][1] Génesis 12.3; Deuteronomio 4.6

[2] Josué 1.6-7

[3][3]Udo Middelmann. Francis Schaeffer Foundation

[4] Lucas 17.21

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