Una aventura en el campus

02 Aug

indices

 

 

 

 

 

 

IPRE, Gallup, IDH, PNUD, HLY, SPI, SP, SDSN, PIB, ONU, métricas, programas, evaluación integral, indicadores estructurales,  posicionamiento, desarrollo sostenible, progreso…. en la semana que pasó tuve la oportunidad de asistir a un curso de verano de la Universidad del País Vasco, dirigido a quienes están interesados en mediciones del progreso y el bienestar de una sociedad, algo que me interesa desde hace unos dieciséis años, cuando descubrí en la web los grandes avances que la ciencia ya había efectuado al medir los resultados de países teniendo como base su matriz cultural histórica, cuya vertiente principal es por lo general una religión, y que ello colocaba en una posición muy ventajosa a  las sociedades cristianizadas, comparándolas con resultados de sociedades ajenas al cristianismo o hasta “precariamente”[1] cristianizadas. Aunque el tema es serio, no pude evitar un cierto burbujeo divertido con la actitud nada sutil de los académicos al responder o evitar responder a algunas preguntas  muy específicas en este campo.

Fue obvio que, sin variación, toda estadística, métrica o índice incluye una categoría a veces disfrazada bajo un término “secularizante” pero la que en realidad es un componente ético de las religiones que  los ponentes no quieren ni oír mencionar. No hay pierde: En absolutamente todos los resultados, los cuadros muestran a aquellos países de fundamento ético construido por la fe judeo-cristiana como los mejores. No queda la más mínima duda por ejemplo, de que la variable “confianza”, la cual permite que los negocios progresen está presente de manera rotunda en países  de fundamento protestante, mientras que en otros grupos de países ese elemento cuenta con índices inferiores y muchas veces muy bajos.

Lo que me llamó otra vez la atención, y digo otra vez, porque siempre sucede lo mismo y siempre me sorprende por lo contradictorio, es el esfuerzo que hacen expositores y frecuentemente la mayoría de los asistentes para ignorar que todo programa, medida o lo que sea halla su mejor “coeficiente de funcionamiento” cuando hay una cierta ética superior que se traduce de forma objetiva, concreta, en una sociedad. Después de todo, esos índices son resultados de los diferentes comportamientos sociales, y lógicamente, a mejores ideas, mejores resultados. Hice dos preguntas para “pinchar” en el hecho de que se estaba obviando esa ética que parecía dar voces desde las diapositivas. Uno de los expositores, luego de escucharme, se fue olímpicamente por otro tema. Y el mejor comentario porque el maestro no había contestado fue ¡el silencio total –y muy expresivo- en la sala!; el segundo expositor escuchó mi pregunta relativa a la falta de atención que esos índices sobre la moral de una sociedad obtienen. Agregué que los estudios ya datan de hace 25 años y siempre muestran lo mismo pero nadie les presta atención ni mucho menos hace una propuesta para recuperar esa ética que hoy por hoy se nos pierde. El profesor exclamó “¡fantástico!” y habló de algo deviatorio. 

En la pausa de café, una economista vasca me hizo el comentario con una cara  divertida: “ninguno te contestó”, algo que ella dijo lamentar ya que también entiende el tema como clave. Nada de qué extrañarse en realidad, estábamos pisando el terreno del paradigma de esta era,  el reino absoluto del economicismo. Ya no hice más preguntas, no fuera a ser que alguno me respondiera a lo Clinton: “es la economía, estúpida”. Pero sí  hice comentarios, sólo para dejar entrever que no todos creemos que despojar de una moral real el terreno social y arreglar todo con la economía  (si es que eso es alcanzable) lo lograremos.

Salí del Palacio Miramar contenta a pesar de todo. Afuera, la playa La Concha se regalaba espléndida. Lo que me embargaba en ese momento era un pensamiento que hace ya tiempo es muy cristalino: El verdadero desafío no es un campus secularizante, si los “académicos” esquivan responder por algo es, sino que quienes tendrían que alcanzar esa verdad a la sociedad crean en lo que tienen, dejen de lado los moldes religiosos limitantes y acepten el reto de mostrar una verdad que es comprobable hace mucho tiempo y a todas luces contundente.

Soñar no cuesta nada. Soñar sueños de Dios es un maravilloso deber.

[1] Me refiero a aquellas donde ha prevalecido la tradición y una visión mística en lugar de contenidos reales de una fe objetiva.

 

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